• 14/07/2026
  • Julio Cesar Gonzalez Rivas
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Por Elida Almonte

Las recientes declaraciones de Darializa Ávila Chevalier, en las que insiste en calificar el nacionalismo dominicano como una ideología “violenta”, obligan a hacer una reflexión profunda sobre el tipo de liderazgo que merece nuestro Distrito Congresual 13.

La pregunta es sencilla: ¿cómo pretende representar a la comunidad dominicana mientras descalifica un sentimiento que forma parte de nuestra identidad? ¿Piensa llegar al Congreso sin el respaldo de los dominicanos, de la comunidad judía y de otros sectores que no comparten su visión ideológica?

Los dominicanos somos un pueblo orgulloso de nuestras raíces. Para nosotros, el nacionalismo no significa odio ni violencia. Significa amor por nuestra patria, respeto a nuestra soberanía, orgullo por nuestra bandera y reconocimiento del proceso histórico que dio origen a la República Dominicana. Llamar “violento” a ese sentimiento no solo es un error; es una ofensa para miles de familias dominicanas que han construido con esfuerzo una vida en esta ciudad sin renunciar jamás a su identidad.

Al mismo tiempo, sus posiciones públicas respecto al conflicto entre Israel y Palestina han generado preocupación en sectores de la comunidad judía y en otros residentes del distrito. Todos tenemos derecho a preocuparnos por los acontecimientos internacionales. Sin embargo, quienes aspiramos a representar a nuestra comunidad debemos entender que nuestra primera responsabilidad es con las familias que viven aquí, con la seguridad de nuestros vecindarios, con la educación de nuestros hijos, con el desarrollo económico y con la calidad de vida de quienes nos eligieron.

Durante la pasada campaña electoral, muchos dominicanos fueron etiquetados de manera generalizada como “racistas” simplemente por defender su identidad nacional y expresar sus opiniones sobre la historia y la soberanía de la República Dominicana. Esa reacción de nuestra comunidad no puede calificarse automáticamente como racista. Fue, para muchos, la respuesta de un pueblo que se sintió menospreciado y atacado por declaraciones que consideró injustas y ofensivas.

También considero injusto responsabilizar al congresista Adriano Espaillat por las expresiones individuales de ciudadanos que reaccionaron a esa controversia. Ningún candidato puede controlar la respuesta de una comunidad cuando esta siente que su identidad está siendo descalificada. En una democracia, el debate debe producirse con argumentos y respeto, no mediante etiquetas que desacrediten a pueblos enteros.

Nueva York es grande precisamente porque ha sabido integrar comunidades diversas. Dominicanos, judíos, afroamericanos, puertorriqueños, mexicanos, ecuatorianos y tantas otras nacionalidades convivimos, trabajamos y construimos juntos el futuro de esta ciudad. Esa diversidad merece ser protegida con respeto, no utilizada para dividir.

Los neoyorquinos tenemos una enorme responsabilidad con la tranquilidad, la seguridad y el bienestar de nuestras comunidades. No necesitamos líderes que profundicen las diferencias ideológicas ni que enfrenten a unas comunidades contra otras. Necesitamos representantes que sepan escuchar, dialogar y gobernar para todos.

El liderazgo se demuestra uniendo, no dividiendo. La representación comienza con el respeto. Y nadie puede aspirar a representar dignamente a una comunidad mientras descalifica aquello que esa comunidad considera parte esencial de su identidad.

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